Julia alzó la vista y le vió. Pelo corto, castaño, bien peinado. Ojos grises, profundos, intensos como el cielo tras una tormenta que busca recuperar su azul. Nariz recta y finos labios. Afeitado y vestía un elegante traje gris, camisa blanca y corbata negra. Era atractivo, perfecto, su ángel caído del cielo, su hombre, su depravado poseedor de cincuenta sombras, oscuras, aún por liberar. Era su amante.
—Intoxiqueitmi nau, güiz llour lovinau, aim cinc ai redi nau... —Comentó ella mirándole boquiabierta.
—¿Qué has dicho? Lo siento, pero no he entendido nada. —Dijo él, sonriendo, mostrando una blanca y perfecta dentadura.
—Oh, perdón. Me se fue el perolo. ¿Eres Christian Grey?
—No. Me llamo Cristian, sí, pero Gutiérrez. Oye, lo siento mucho, no quería atropellarte. ¿Estás bien? Te has dado un buen golpe.
—Tranquilo, estoy bien. El montón de heno amortiguó mi caída.
—Menos mal, no me hubiese perdonado hacer daño a una belleza como tú. —Esas palabras hechizaron a Julia y comenzó a soñar que iba con él en una nube rosa pilotada por un unicornio tuerto.— ¿Puedo hacer algo para compensarte?
—Mmm... ¿Me llevas en una nube al país de las chuches mientras comemos unicornios rosas? —Preguntó ella emocionada y de carrerilla.
—¿Algo más fácil y real? —Dijo él alzando una ceja.
—¿Me invitas a un frapuccino en el Starbucks?
—De acuerdo. Venga, que te llevo. —Y Cristian comenzó a caminar dirección al coche. Ella se limpió el heno del vaquero y se quitó la chaqueta, quedándose con una camiseta amarilla de tirantes. Sacó un bote de colonia de su mochila y se echó para camuflar el mal olor. Tras arreglarse rápidamente, siguió a aquel hombre y se sentó en el lado del copiloto.
—No me has dicho tu nombre. —Comentó él mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
—¡Oh! Me llamo Julia.
—¿Y que edad tienes?
—Diecisiete, ¿y tú?
—Veintitres. Tampoco nos llevamos mucho.
—¿Y a qué te dedicas para que vayas tan bien vestido?
—Yo... soy empresario. —Vaciló antes de responder.
Los ojos de Julia se iluminaron. Era él, no había ninguna duda. Mismo físico, mismo nombre, mismo oficio... Era igual. Él iba a ser su novio, su amante de oscuro pasado, el que iba a regalarla un coche a cambio de cuatro azotes en las nalgas mientras hacían el amor, ella a cuatro patas, sumisa y feliz por tenerle.
—¿Y a qué se dedica tu empresa? —Preguntó emocionada.
—Esto... al ocio. —Pareció más una pregunta que una afirmación.— ¿Y tú que estudias?
—Bachillerato, estoy terminando, voy a ser periodista. —Alzó las cejas.
—Pareces lista. Eso me gusta.
—La gente dice que soy mu madura, y soy una gatita, que explota como dinamita, soy gata que araña...
—Ehm... sí, toda la razón.
—Grasias. ¿Tienes pareja?
—Ahora mismo no. A ver si aparece pronto...
—Tranquilo, seguro que aparecerá muy pronto... ¡UH! —Exclamó al acariciarle y tocar algo duro, alargado y cilíndrico.— Joder, que rápido va todo esto. —Le miró, y se dio cuenta de que estaba agarrando la palanca de cambios del coche.
—¿Qué pasa? ¿Qué va rápido?
—Nada, nada. Otra vez me he ido a la luna...
Pasó el resto del trayecto soñando con él. Le quería, quería amarle, ser sodomizada, que parase su lujoso BMW de gama alta y se pasasen al asiento de atrás para hacer realidad las más oscuras fantasías de aquel excitante hombre. No se dio cuenta de que se habían detenido ya, en un párking y se percató de que él estaba afuera esperándola. Era verdad, le había invitado a un café. Salió, dejando la mochila en el coche. Entraron juntos al centro comercial y recorrieron los amplios y vacíos pasillos (por la hora y el día), hasta que llegaron al Starbucks. Él se fue a hacer el pedido y ella se sentó en un alto taburete, pegado a una redonda y pequeña mesa para dos. Estaba pensativa, quería ir a la casa de Cristian, que la atase a la cama, sacase un tanga del cajón, se lo pusiese y bailase reggaeton para ella, frotándose en el palo de la escoba. Salió de su mundo cuando él llegó y se sentó frente a ella con dos grandes vasos en la mano.
—¿Con esto queda saldada mi deuda? —Preguntó sonriente.
—¿Me atropellas y pretendes compensarme con un frapuccino? Tendrás que ser más original para que te perdone.
—Vale, de acuerdo. A ver... te concedo tres deseos, lo que quieras, y que se pueda cumplir, claro...
—¿Me das tu guasa'p?
—No tengo, pero te doy mi númeor de teléfono si quieres.
—Pos chachi del chocho. —Julia sonrió y le dejó su móvil.— Toma, apúntalo. —Él lo cogió y lo grabó en la memoria.
—Ya está. Te lo he puesto como Cristian G. —Dijo con una pícara sonrisa y devolviéndola el aparato.— Primer deseo gastado. Te quedan otros dos.
—No sé... ¿una foto tuya?
—Me sales barata. —Sacó su cartera sonriente (él, no la cartera) y rebuscó en ella. Le tendió una fotografía tamaño carnet. Julia la cogió y le vio a él, despeinado, sin afeitar, resacoso, en tirantes y lamiéndole la cara a Justin Bieber.— ¿Ésta te vale?
—Es... perfecta.
—Te queda un deseo. No lo malgastes.
—Una cita contigo. —Respondió desesperadamente.
—¿Cómo ésta?
—No, una más formal. Déjame deslumbrarte, vestirme bien, maquillarme, soltarme como gabete...
—Vale... el sábado, a las nueve, ¿te parece bien?
—Es... perfecto, aún no me lo creo.
—Bueno, pues ya lo creerás cuando te recoja.
—¿Luego podremos irnos a bailar o algo?
—Por mí bien, si a ti te dejan, yo no tengo ningún problema.
—Tranquilo, podré salir hasta el día siguiente. —Intentó guiñarle un ojo, pero se le metió una pestaña y comenzó a llorar.
Terminaron sus cafés y salieron del centro comercial. Volvieron al coche y se abrocharon los cinturones, y dijo él al ponerse en marcha:
—Ahora tengo que atender unos asuntos del trabajo, si no te importa, te dejo en tu casa.
—Oh, no pasa nada.
—Vale. Toma. —Le pasó el GPS.— Mete la dirección y listo. ¿Te molesta si pongo música?
—No, es tu coche.
—Perfecto.
Sonriendo, Cristian cogió un CD de la guantera y lo introdujo en la ranura del reproductor. A los pocos segundos comenzó a sonar una melodía rumbera muy electrónica: Camela. Julia alucinaba, ¿cómo podía gustarle eso a aquel fascinante hombre? Se limitó a mirar por la ventanilla y a sumergirse en sus pensamientos. La canción terminó y comenzó otra. Él elevó el volumen y comenzó a cantar, desafinando muy mucho.
—"YO TE QUIERO, NO QUIERO QUE ME DEJES, TU AMOR EN ESTÁ EN MI CUERPO, Y NO QUIERO PERDERTEEEE".
Aquellas palabras se aparecieron ante Julia como una señal. Lejos de pensar que era una coincidencia, comenzó a soñar despierta con que se lo cantaba expresamente a ella. Se veía a sí misma tumbada en una cama llena de fresas, aplastándolas bajo el peso de su cuerpo, manchándose con su jugo, tocándose el pelo, castaño, ondulado, largo. Pasándose una de aquellas frutas por sus finos labios, mientras un ciervo la lamía un pie y él, Cristian, bajaba por un andamio y vestido de fontanero, sucio y sudado.
En cuanto llegó a su portal subió corriendo hasta el undécimo piso, sin darse cuenta de que tenía ascensor. Entró en su casa y tiró la mochila al suelo, se precipitó hacia su cuarto y se tumbó sofocada en la cama. Le tenía. Era suyo. Aún no le había ni besado, pero confiaba que en la cita del sábado él la llevase a su casa y la deleitase con sexo fetichista...
Continuará...

No hay comentarios:
Publicar un comentario