viernes, 28 de junio de 2013

50 sombras de Gutiérrez (Capítulo II)

Julia alzó la vista y le vió. Pelo corto, castaño, bien peinado. Ojos grises, profundos, intensos como el cielo tras una tormenta que busca recuperar su azul. Nariz recta y finos labios. Afeitado y vestía un elegante traje gris, camisa blanca y corbata negra. Era atractivo, perfecto, su ángel caído del cielo, su hombre, su depravado poseedor de cincuenta sombras, oscuras, aún por liberar. Era su amante.
—Intoxiqueitmi nau, güiz llour lovinau, aim cinc ai redi nau... —Comentó ella mirándole boquiabierta.
—¿Qué has dicho? Lo siento, pero no he entendido nada. —Dijo él, sonriendo, mostrando una blanca y perfecta dentadura.
—Oh, perdón. Me se fue el perolo. ¿Eres Christian Grey?
—No. Me llamo Cristian, sí, pero Gutiérrez. Oye, lo siento mucho, no quería atropellarte. ¿Estás bien? Te has dado un buen golpe.
—Tranquilo, estoy bien. El montón de heno amortiguó mi caída.
—Menos mal, no me hubiese perdonado hacer daño a una belleza como tú. —Esas palabras hechizaron a Julia y comenzó a soñar que iba con él en una nube rosa pilotada por un unicornio tuerto.— ¿Puedo hacer algo para compensarte?
—Mmm... ¿Me llevas en una nube al país de las chuches mientras comemos unicornios rosas? —Preguntó ella emocionada y de carrerilla.
—¿Algo más fácil y real? —Dijo él alzando una ceja.
—¿Me invitas a un frapuccino en el Starbucks?
—De acuerdo. Venga, que te llevo. —Y Cristian comenzó a caminar dirección al coche. Ella se limpió el heno del vaquero y se quitó la chaqueta, quedándose con una camiseta amarilla de tirantes. Sacó un bote de colonia de su mochila y se echó para camuflar el mal olor. Tras arreglarse rápidamente, siguió a aquel hombre y se sentó en el lado del copiloto.
—No me has dicho tu nombre. —Comentó él mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.
—¡Oh! Me llamo Julia.
—¿Y que edad tienes?
—Diecisiete, ¿y tú?
—Veintitres. Tampoco nos llevamos mucho.
—¿Y a qué te dedicas para que vayas tan bien vestido?
—Yo... soy empresario. —Vaciló antes de responder.
Los ojos de Julia se iluminaron. Era él, no había ninguna duda. Mismo físico, mismo nombre, mismo oficio... Era igual. Él iba a ser su novio, su amante de oscuro pasado, el que iba a regalarla un coche a cambio de cuatro azotes en las nalgas mientras hacían el amor, ella a cuatro patas, sumisa y feliz por tenerle.
—¿Y a qué se dedica tu empresa? —Preguntó emocionada.
—Esto... al ocio. —Pareció más una pregunta que una afirmación.— ¿Y tú que estudias?
—Bachillerato, estoy terminando, voy a ser periodista. —Alzó las cejas.
—Pareces lista. Eso me gusta.
—La gente dice que soy mu madura, y soy una gatita, que explota como dinamita, soy gata que araña...
—Ehm... sí, toda la razón.
—Grasias. ¿Tienes pareja?
—Ahora mismo no. A ver si aparece pronto...
—Tranquilo, seguro que aparecerá muy pronto... ¡UH! —Exclamó al acariciarle y tocar algo duro, alargado y cilíndrico.— Joder, que rápido va todo esto. —Le miró, y se dio cuenta de que estaba agarrando la palanca de cambios del coche.
—¿Qué pasa? ¿Qué va rápido?
—Nada, nada. Otra vez me he ido a la luna...
Pasó el resto del trayecto soñando con él. Le quería, quería amarle, ser sodomizada, que parase su lujoso BMW de gama alta y se pasasen al asiento de atrás para hacer realidad las más oscuras fantasías de aquel excitante hombre. No se dio cuenta de que se habían detenido ya, en un párking y se percató de que él estaba afuera esperándola. Era verdad, le había invitado a un café. Salió, dejando la mochila en el coche. Entraron juntos al centro comercial y recorrieron los amplios y vacíos pasillos (por la hora y el día), hasta que llegaron al Starbucks. Él se fue a hacer el pedido y ella se sentó en un alto taburete, pegado a una redonda y pequeña mesa para dos. Estaba pensativa, quería ir a la casa de Cristian, que la atase a la cama, sacase un tanga del cajón, se lo pusiese y bailase reggaeton para ella, frotándose en el palo de la escoba. Salió de su mundo cuando él llegó y se sentó frente a ella con dos grandes vasos en la mano.
—¿Con esto queda saldada mi deuda? —Preguntó sonriente.
—¿Me atropellas y pretendes compensarme con un frapuccino? Tendrás que ser más original para que te perdone.
—Vale, de acuerdo. A ver... te concedo tres deseos, lo que quieras, y que se pueda cumplir, claro...
—¿Me das tu guasa'p?
—No tengo, pero te doy mi númeor de teléfono si quieres.
—Pos chachi del chocho. —Julia sonrió y le dejó su móvil.— Toma, apúntalo. —Él lo cogió y lo grabó en la memoria.
—Ya está. Te lo he puesto como Cristian G. —Dijo con una pícara sonrisa y devolviéndola el aparato.— Primer deseo gastado. Te quedan otros dos.
—No sé... ¿una foto tuya?
—Me sales barata. —Sacó su cartera sonriente (él, no la cartera) y rebuscó en ella. Le tendió una fotografía tamaño carnet. Julia la cogió y le vio a él, despeinado, sin afeitar, resacoso, en tirantes y lamiéndole la cara a Justin Bieber.— ¿Ésta te vale?
—Es... perfecta.
—Te queda un deseo. No lo malgastes.
—Una cita contigo. —Respondió desesperadamente.
—¿Cómo ésta?
—No, una más formal. Déjame deslumbrarte, vestirme bien, maquillarme, soltarme como gabete...
—Vale... el sábado, a las nueve, ¿te parece bien?
—Es... perfecto, aún no me lo creo.
—Bueno, pues ya lo creerás cuando te recoja.
—¿Luego podremos irnos a bailar o algo?
—Por mí bien, si a ti te dejan, yo no tengo ningún problema.
—Tranquilo, podré salir hasta el día siguiente. —Intentó guiñarle un ojo, pero se le metió una pestaña y comenzó a llorar.
Terminaron sus cafés y salieron del centro comercial. Volvieron al coche y se abrocharon los cinturones, y dijo él al ponerse en marcha:
—Ahora tengo que atender unos asuntos del trabajo, si no te importa, te dejo en tu casa.
—Oh, no pasa nada.
—Vale. Toma. —Le pasó el GPS.— Mete la dirección y listo. ¿Te molesta si pongo música?
—No, es tu coche.
—Perfecto.
Sonriendo, Cristian cogió un CD de la guantera y lo introdujo en la ranura del reproductor. A los pocos segundos comenzó a sonar una melodía rumbera muy electrónica: Camela. Julia alucinaba, ¿cómo podía gustarle eso a aquel fascinante hombre? Se limitó a mirar por la ventanilla y a sumergirse en sus pensamientos. La canción terminó y comenzó otra. Él elevó el volumen y comenzó a cantar, desafinando muy mucho.
—"YO TE QUIERO, NO QUIERO QUE ME DEJES, TU AMOR EN ESTÁ EN MI CUERPO, Y NO QUIERO PERDERTEEEE".
Aquellas palabras se aparecieron ante Julia como una señal. Lejos de pensar que era una coincidencia, comenzó a soñar despierta con que se lo cantaba expresamente a ella. Se veía a sí misma tumbada en una cama llena de fresas, aplastándolas bajo el peso de su cuerpo, manchándose con su jugo, tocándose el pelo, castaño, ondulado, largo. Pasándose una de aquellas frutas por sus finos labios, mientras un ciervo la lamía un pie y él, Cristian, bajaba por un andamio y vestido de fontanero, sucio y sudado.
En cuanto llegó a su portal subió corriendo hasta el undécimo piso, sin darse cuenta de que tenía ascensor. Entró en su casa y tiró la mochila al suelo, se precipitó hacia su cuarto y se tumbó sofocada en la cama. Le tenía. Era suyo. Aún no le había ni besado, pero confiaba que en la cita del sábado él la llevase a su casa y la deleitase con sexo fetichista...



Continuará...

jueves, 27 de junio de 2013

50 sombras de Gutiérrez (Capítulo I)



Julia Sánchez era una prometedora y brillante estudiante de tan solo diecisiete años. Estaba terminando segundo de bachillerato y pretendía ser periodista. Jamás pensó que su vida fuese mala, hasta que leyó el libro que la marcó definitivamente: "50 sombras de Grey". Fascinada por la apasionante historia entre la protagonista y su nuevo amor de extraños gustos sadomasoquistas y fetiches de todo tipo, cayó presa de una insana obsesión que la hizo perder el concepto de realidad.
Descubrió que su vida no interesaba, era aburrida y monótona, y decidió darle un giro de ciento ochenta grados. Necesitaba un Christian Grey en su vida, un hombre exitoso, guapo, adinerado, con gustos sexuales extraños, que se la llevase pa'l party, la diese a fuegote hasta en el piso y que tuviese un oscuro pero fascinante pasado, plagado de amantes mucho mejores que ella, que la hiciesen sentir insegura y paranoica, llevándola al borde de la locura, que la hiciesen dudar de sí misma, de su fly, de su party y de su sabrosura. Quería ser la protagonista del best-seller de moda. Pero, ¿de dónde sacaría a aquel apasionante hombre? Y entonces ocurrió.
Julia caminaba por el pasillo del instituto. Llevaba en brazos su carpeta forrada con fotografías de Mario Casas, abrazándola y protegiéndola, presionándola contra su pecho, como una madre hace con su bebé. Hablaba animadamente con su amiga Marta cuando le vio salir de un aula al otro extremo del largo, estrecho y abarrotado pasillo. Era él, el hombre que buscaba, el que necesitaba. Alto, pelo negro y corto, barba descuidada, ojos verdes, cara y brazos bronceados, hombros blancos que se podían ver gracias a la sudada camiseta de tirantes gris que se le ajustaba al liso torso. Era Alberto, el profesor de educación física. Fascinada por aquel macho, empujó a su amiga hacia un lado, presionándola un pecho, estampándola contra la pared, golpeándola en la cabeza y haciéndole una herida en la rodilla. Comenzó a andar lentamente entre los alumnos, con la boca entreabierta, trotando despacio, pensando que así ralentizaría el tiempo, pareciendo una desequilibrada mental. Ya estaba casi al lado del maestro cuando le llamó, él se giró hacia ella y justo en ese instante alguien puso una mochila entre ambos, haciéndola tropezar (esta vez a una velocidad normal), y sin quererlo, se intentó sujetar a los pantalones del profesor, tirando de ellos y bajándoselos, dejándole en calzoncillos en medio de todo el pasillo lleno de adolescentes.
—Pe-perdón. —Dijo ella mirándole desde el suelo. Él se subió el chándal de nuevo y la ayudó a levantarse.— Gracias. Verás, profe. Es que soy redactora en el newspaper del tuto y me gustaría hacerle una entrevista.
—No sabía que teníamos de eso aquí. —Respondió él extrañado, y era normal, pues Julia se lo acababa de inventar.
—Sí, es que tiene poca tirá, pero hay uno. ¿Entonces puedo entrevistarle?
—Vale, ¿cuándo?
—Cuando tengas un rato libre.
—Ahora mismo no tengo clase, ¿puedes?
—Por supuesto. —Julia sonrió y le siguió.
Bajaron las escaleras y entraron en el gimnasio. Allí, el profesor sacó dos sillas y una mesa del almacén y se acomodaron. Ella cogió un folio de su carpeta y un bolígrafo rosa y comenzó a escribir.
—A ver... primera pregunta... ¿edad?
—Vaya una pregunta...cuarenta y dos. —Respondió Alberto divertido. Julia se mordió el labio inferior al verle la dentadura amarillenta.
—Perfecto... ¿Por qué te hiciste profesor de educación física?
—No sé, me gusta el deporte. Supongo que por vocación.
—Interesante... ¿Qué hace pare estar tan potente, digo cañón, digo macizo, digo fóllame, digo musculoso?
El profesor alzó una ceja antes de responder.
—Ahora me mantengo corriendo y poco más, aunque sí es cierto que antes pasaba bastante tiempo en el gimnasio.
—Ajá. ¿Estás casao?
—No.
—¿Tienes pareja?
—Tampoco.
—¿Me la enseñas?
—¿Perdón?
—Que si me enseña el pene, miembo, nabo, rabo, tranca, picha, polla...
—Ya, ya, te he entendido. —Interrumpió el profesor molesto.— Váyase ya de aquí.
—Pero no he terminado, aún no le he traído el mmmm...
—¡FUERA DE AQUÍ!
Julia se levantó triste y desilusionada, abrazó a su carpeta con fuerza, con la esperanza de que al menos a Mario Casas le llegase ese cariño que quería dar. Salió del instituto entre sollozos, cubriendo su rostro con su ondulada melena castaña. Se maldecía a sí misma por haber sido tan directa, por no haber tanteado mejor el terreno. Dudaba de las cincuenta sombras, de Christian Grey, de su existencia, de su perfecto desequilibrio, de sus parafilias, sus fetiches, su dinero, su belleza, su flow y sus partys. Dudaba de sí misma. De repente todas sus ilusiones se desplomaron sobre ella, dañándola más que si le hubiese caído una viga y le hubiese roto las costillas y la columna, dejándola blanda y amorfa, moldeable al gusto. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de que había cruzado la carretera sin mirar. Un coche que intentó frenar, pero no lo logró, la embistió con fuerza y la hizo volar varios metros y caer de nuevo en el suelo, alejada del vehículo. El conductor, con cara de susto, salió rápidamente y corrió hacia donde había caído Julia, sobre un montón de heno en el arcén, a casi cincuenta metros de distancia.
—Uy, que golpe más tonto... —Dijo ella levantándose despacio y tocándose la cabeza.
—Perdón, lo siento mucho, no quería atropellarte. —Respondió él asustado.
Julia alzó la vista y le vió. Pelo corto, castaño, bien peinado. Ojos grises, profundos, intensos como el cielo tras una tormenta que busca recuperar su azul. Nariz recta y finos labios. Afeitado y vestía un elegante traje gris, camisa blanca y corbata negra. Era atractivo, perfecto, su ángel caído del cielo, su hombre, su depravado poseedor de cincuenta sombras, oscuras, aún por liberar. Era su amante.


Continuará...

miércoles, 26 de junio de 2013

50 sombras de Guriérrez (sinopsis)

Julia es una adolescente de tan solo 17 años que acaba de leerse el libro más fascinante del mundo: "50 sombras de Grey". Cansada de su aburrida vida de estudiante sobresaliente y absorta y enamorada del maduro y atractivo profesor de educación física, decide hacerle una entrevista para un periódico estudiantil inexistente. La cosa no sale como esperaba, y tras salir de su cita es atropellada por un misterioso, joven, atractivo y brillante empresario. Y ahí comienza su delirante aventura...