jueves, 27 de junio de 2013

50 sombras de Gutiérrez (Capítulo I)



Julia Sánchez era una prometedora y brillante estudiante de tan solo diecisiete años. Estaba terminando segundo de bachillerato y pretendía ser periodista. Jamás pensó que su vida fuese mala, hasta que leyó el libro que la marcó definitivamente: "50 sombras de Grey". Fascinada por la apasionante historia entre la protagonista y su nuevo amor de extraños gustos sadomasoquistas y fetiches de todo tipo, cayó presa de una insana obsesión que la hizo perder el concepto de realidad.
Descubrió que su vida no interesaba, era aburrida y monótona, y decidió darle un giro de ciento ochenta grados. Necesitaba un Christian Grey en su vida, un hombre exitoso, guapo, adinerado, con gustos sexuales extraños, que se la llevase pa'l party, la diese a fuegote hasta en el piso y que tuviese un oscuro pero fascinante pasado, plagado de amantes mucho mejores que ella, que la hiciesen sentir insegura y paranoica, llevándola al borde de la locura, que la hiciesen dudar de sí misma, de su fly, de su party y de su sabrosura. Quería ser la protagonista del best-seller de moda. Pero, ¿de dónde sacaría a aquel apasionante hombre? Y entonces ocurrió.
Julia caminaba por el pasillo del instituto. Llevaba en brazos su carpeta forrada con fotografías de Mario Casas, abrazándola y protegiéndola, presionándola contra su pecho, como una madre hace con su bebé. Hablaba animadamente con su amiga Marta cuando le vio salir de un aula al otro extremo del largo, estrecho y abarrotado pasillo. Era él, el hombre que buscaba, el que necesitaba. Alto, pelo negro y corto, barba descuidada, ojos verdes, cara y brazos bronceados, hombros blancos que se podían ver gracias a la sudada camiseta de tirantes gris que se le ajustaba al liso torso. Era Alberto, el profesor de educación física. Fascinada por aquel macho, empujó a su amiga hacia un lado, presionándola un pecho, estampándola contra la pared, golpeándola en la cabeza y haciéndole una herida en la rodilla. Comenzó a andar lentamente entre los alumnos, con la boca entreabierta, trotando despacio, pensando que así ralentizaría el tiempo, pareciendo una desequilibrada mental. Ya estaba casi al lado del maestro cuando le llamó, él se giró hacia ella y justo en ese instante alguien puso una mochila entre ambos, haciéndola tropezar (esta vez a una velocidad normal), y sin quererlo, se intentó sujetar a los pantalones del profesor, tirando de ellos y bajándoselos, dejándole en calzoncillos en medio de todo el pasillo lleno de adolescentes.
—Pe-perdón. —Dijo ella mirándole desde el suelo. Él se subió el chándal de nuevo y la ayudó a levantarse.— Gracias. Verás, profe. Es que soy redactora en el newspaper del tuto y me gustaría hacerle una entrevista.
—No sabía que teníamos de eso aquí. —Respondió él extrañado, y era normal, pues Julia se lo acababa de inventar.
—Sí, es que tiene poca tirá, pero hay uno. ¿Entonces puedo entrevistarle?
—Vale, ¿cuándo?
—Cuando tengas un rato libre.
—Ahora mismo no tengo clase, ¿puedes?
—Por supuesto. —Julia sonrió y le siguió.
Bajaron las escaleras y entraron en el gimnasio. Allí, el profesor sacó dos sillas y una mesa del almacén y se acomodaron. Ella cogió un folio de su carpeta y un bolígrafo rosa y comenzó a escribir.
—A ver... primera pregunta... ¿edad?
—Vaya una pregunta...cuarenta y dos. —Respondió Alberto divertido. Julia se mordió el labio inferior al verle la dentadura amarillenta.
—Perfecto... ¿Por qué te hiciste profesor de educación física?
—No sé, me gusta el deporte. Supongo que por vocación.
—Interesante... ¿Qué hace pare estar tan potente, digo cañón, digo macizo, digo fóllame, digo musculoso?
El profesor alzó una ceja antes de responder.
—Ahora me mantengo corriendo y poco más, aunque sí es cierto que antes pasaba bastante tiempo en el gimnasio.
—Ajá. ¿Estás casao?
—No.
—¿Tienes pareja?
—Tampoco.
—¿Me la enseñas?
—¿Perdón?
—Que si me enseña el pene, miembo, nabo, rabo, tranca, picha, polla...
—Ya, ya, te he entendido. —Interrumpió el profesor molesto.— Váyase ya de aquí.
—Pero no he terminado, aún no le he traído el mmmm...
—¡FUERA DE AQUÍ!
Julia se levantó triste y desilusionada, abrazó a su carpeta con fuerza, con la esperanza de que al menos a Mario Casas le llegase ese cariño que quería dar. Salió del instituto entre sollozos, cubriendo su rostro con su ondulada melena castaña. Se maldecía a sí misma por haber sido tan directa, por no haber tanteado mejor el terreno. Dudaba de las cincuenta sombras, de Christian Grey, de su existencia, de su perfecto desequilibrio, de sus parafilias, sus fetiches, su dinero, su belleza, su flow y sus partys. Dudaba de sí misma. De repente todas sus ilusiones se desplomaron sobre ella, dañándola más que si le hubiese caído una viga y le hubiese roto las costillas y la columna, dejándola blanda y amorfa, moldeable al gusto. Estaba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de que había cruzado la carretera sin mirar. Un coche que intentó frenar, pero no lo logró, la embistió con fuerza y la hizo volar varios metros y caer de nuevo en el suelo, alejada del vehículo. El conductor, con cara de susto, salió rápidamente y corrió hacia donde había caído Julia, sobre un montón de heno en el arcén, a casi cincuenta metros de distancia.
—Uy, que golpe más tonto... —Dijo ella levantándose despacio y tocándose la cabeza.
—Perdón, lo siento mucho, no quería atropellarte. —Respondió él asustado.
Julia alzó la vista y le vió. Pelo corto, castaño, bien peinado. Ojos grises, profundos, intensos como el cielo tras una tormenta que busca recuperar su azul. Nariz recta y finos labios. Afeitado y vestía un elegante traje gris, camisa blanca y corbata negra. Era atractivo, perfecto, su ángel caído del cielo, su hombre, su depravado poseedor de cincuenta sombras, oscuras, aún por liberar. Era su amante.


Continuará...

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